lunes, diciembre 19, 2005

King Kong (2005)

Avenida de San José, Zaragoza

Vamos a ver. Una cuestión tiene que quedar clara. King Kong, en cualquiera de sus versiones, es la típica película de aventuras en la selva. Y el esquema vale para esta película, para Tarzán, para las Minas del Rey Salomón, o para George de la Jungla. Van unos pocos buenos con un montón de malos y antipáticos destinados a caerse por un precipio o a que se los coma una fiera. Corretean de peligro en peligro por la jungla hasta que vuelven con la bestia (sean animal o bruto humnano) a la civilización donde, si las cosas van mal, la bestia muere, y si van bien el bruto se casa con la chica y vuelven a la selva donde se montan un dúplex en la copa de un baobab. Y en lo que se refiere a la historia no hay más. Se cuente en algo menos de hora y media, rodado en blanco y negro con escenarios de cartón piedra, o dure tres horas largas, con los más maravillosos recursos infográficos que la tecnología moderna ofrece, para dar verismo a la historia. Porque claro, nada hay más verosimil que un gorila de 30 metros que convive con tiranosauros, diplodocus, cangrejos gigantes y babosas con colmillos.

Dejemos en paz la historia que da para lo que da y no da más.

Una película como esta que nos ofrece Peter Jackson es un alarde tecnológico. Un espectáculo al estilo de hoy en día, más preocupado por los fuegos de artificio que por contar algo nuevo. Eso sí. Lo que cuenta lo cuenta bien. El tipo tiene oficio. Que no es poco. Al fin y al cabo, se entrenó con las casi 12 horas que dura la versión en DVD de El Señor de los anillos. Obra de la que es heredera visualmente y conceptualmente este King Kong cibernético. Los actores están bien. Son secundarios, en relación con el simio, pero están bien. La chica, Naomi Watts, es buena actriz. Lo cual se agradece en un filme en el que su principal cometido es poner caritas al mono. Por lo menos que las ponga bien. Y además es atractiva. Que no sólo le gusta a los primates extremadamente peludos; al resto de los primates también.

La fografía de Andrew Lesnie, clavadica a la del enredo de las sortijas; al fin y al cabo es el mismo iluminador. La banda sonora, muy parecida también a la que compuso Howard Shore para el culebrón de la Tierra Media. Digno, pero con bastante menos nivel; no es Shore el compositor.

Y ahora, vamos a lo realmente interesante.

En primer lugar, la presentación inicial del Nueva York de la depresión. Con un ambiente basado en las fotografías de la época como las de Charles Ebbets, tomadas entre los trabajadores de la construcción que levantaron los rascacielos de la ciudad. También en la obra de otros fotógrafos como Walker Evans, o Dorothea Lange, entre otros.

En segundo lugar, conviene y mucho ver la versión del año 33 antes que esta. Yo tuve la ocasión de hacerlo el fin de semana en el canal Cinemanía clásico. La nueva película tiene un montón de guiños a aquella, además de ser razonablemente fiel a su argumento. Una escena en el puente del barco, un anuncio de Chevrolet, unos sostenes de coco, los disfraces simiescos de unos danzarines, son detalles que sin ser necesariamente idénticos a la original, no hacen más que referenciarla y homenajearla constantemente.

En fin. Que después de todo, y a pesar del excesivo metraje y sobrecarga de peripecias, a pesar de alguna inconsistencia en la historia, alguna elipsis un poco forzada, algún personaje que sobre, la película no se hace aburrida y entretiene. La realización bastante buena (un 7), una interpretación ajustada (otro 7), salvan una película que aparte de los efectos especiales ya esta vista. Así que le damos un seis.

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